Semillas de esperanza


06 de Febrero, 2018

Por Alberto Suárez Inda, Cardenal.

La Iglesia Católica es una institución que se puede comparar a un árbol milenario que sigue renovándose a través de los tiempos. En estos días somos testigos del relevo que se vive con gratitud y con esperanza en la Arquidiócesis Primada de México. Gratitud por los veintidós años de ministerio del Cardenal Norberto Rivera y esperanza por la llegada del Cardenal Carlos Aguiar quien toma el timón de esa importante Iglesia Particular.

La Arquidiócesis coincide en sus límites territoriales con la Ciudad de México y cuenta con cerca de ocho millones de católicos, el 88% de los habitantes de esa megalópolis. Lleva el título de Primada por su antigüedad, su prestancia y por estar en la Capital del País. Tiene desafíos muy particulares por su diversidad cultural y gran movilidad humana, sus grandes centros de educación y empresas, por ser la sede de las autoridades federales, el centro donde operan los principales medios de comunicación social.

El augurio de grande fruto apostólico y la oración por las intenciones de Mons. Carlos Aguiar Retes lo acompañen y sostengan en la misión que a través del Santo Padre Francisco se le ha confiado.  Por otra parte contará con varios Obispos Auxiliares, un gran presbiterio, comunidades de vida consagrada, apóstoles laicos muy preparados y comprometidos.

Sin embargo es bueno señalar que el Arzobispo Primado no es el jefe o autoridad de la Iglesia en la República. La organización interna de la Iglesia es muy diferente. Cada diócesis tiene su identidad y una cierta autonomía; cada Obispo o Arzobispo es nombrado directamente por el Papa, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Universal y a él rinde cuentas.

Todos los Obispos del país formamos la Conferencia Episcopal Mexicana y nos reunimos con frecuencia en Asambleas para compartir proyectos y ayudarnos solidariamente. De manera colegial elegimos cada tres años a un Presidente y otros cargos de servicio. Actualmente el Presidente es el Arzobispo de Guadalajara que termina su período en noviembre.

 Hasta hace cincuenta años, el cargo de Obispo era prácticamente vitalicio. Con las reformas del Concilio Vaticano II, se introdujo la norma de que, al cumplir 75 años, todos lo que ejercen un oficio en la Iglesia presenten una carta de renuncia, que se hace efectiva cuando el Superior lo juzga pertinente. Actualmente en México somos cerca de sesenta Obispos “eméritos” que, sin dejar de ser Obispos, ya no tenemos la responsabilidad de gobernar una diócesis.

El Arzobispo de México, en razón de su cargo, tiene dos grandes responsabilidades. Una es ser custodio de la preciosa Imagen de Santa María de Guadalupe y cuidar la atención de su Santuario en el Tepeyac. Otra misión es presidir como Gran Canciller la Universidad Pontificia de México en la que estudian alumnos de todas las diócesis de México y de otros países.

 


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